Martin Reyna · 20.09.2012 - 20.11.2012

Reyna en el horizonte del color

texto curatorial

Philippe Cyroulnik

En el horizonte del color

La pintura de Martin Reyna tiene una fuerza y un poder que se alimentan de una dialéctica de contrarios. Es ella la fuerza motriz de su obra. Si ponemos el acento en los rasgos sobresalientes de su producción artística, inmediatamente se afirma un arte que conjuga maestría y descontrol. Martín Reyna asocia con impresionante desenvoltura el ir y venir de lo tenso y de lo relajado, de lo líquido y de lo sólido, lo que sería antinómico en su pintura se convierte en complementario. Su paleta llega a asociar lo ctónico y lo celeste, lo solar y lo crepuscular.

De lo sólido y de la materia

Al recorrer el camino de su obra desde sus primeras pinturas, lo que resalta es la permanencia de elementos estructurantes y constructivos del espacio del cuadro. Casas, estructuras cúbicas, arboles, macetas o varas, todos esos elementos icónicos “sostienen” el cuadro. Lo construyen. Son los puntos de organización del plano y del espacio de color.

En sus primeras obras de los años 80 sus casas funcionan como puntos de orientación de la pintura. También hay estructuras con forma de letra H, mitad símbolos, mitad arquitecturas míticas. Aparecen formas ovoides (huevos) sugiriendo deliberadamente la idea de la evolución, de la misma manera que el punto se transforma en mancha, la mancha en plano y el plano en espacio de color. Esas formas son el simbolo posible de lo que origina lo humano arrancando al caos del estado natural.

Todos esos elementos de caracter arquitectónico u objetual presentes en la obra de Martín Reyna son ambivalentes. El lugar, la inscripción o la significación que ellos tienen en su pintura son reversibles. Pueden ser puntos estructurantes que constituyen y organizan el espacio pictórico y lo construyen. O por el contrario, son islotes que la pintura arrebata, dispersa y engulle en su magma. En sus obras recientes, son fragmentos/bloques de color, pegados a la tela (en las pinturas al óleo), estructuras lineales y puntos de inscripción del color de la acuarela o de otro medium (en las pinturas sobre papel) que actúan como puntos nodales y tienen una función de puntuación y de estructuración.

Lo fluido como energía

Pero en las grandes acuarelas comenzadas al final de los años 90 (impulsadas por la búsqueda de la gracilidad líquida del color) y luego más recientemente en sus grandes obras sobre papel del 2011-2012, alimentadas por la luz irradiante del sol de la tierra argentina, lo sólido se disuelve en lo líquido y en la corriente en las pinturas al óleo y en las pinturas sobre papel se disgrega y hasta se desmembra bajo el impacto de la luminosidad.

En las obras de Reyna el color es materia de una consistencia y de significaciones formales en las que interviene también el principio de oposición.

El color puede ser denso, espeso, burilado como la tierra. Puede tener la opacidad del suelo y al mismo tiempo estar lleno de su humus. El color es aquí un terreno que irriga la pintura de su plasticidad. Absorbe la luz y la mirada de ella. Tiene una interioridad que le da la solidez de un muro y la tesitura de la carne. Algo de su pintura se despliega entre la sensualidad de su textura y la rugosidad de su superficie. En este caso la pintura es el resultado de un proceso de sedimentacion que brota a la superficie y la enriquece de estratos desde donde obtiene las raíces de su textura. La pintura adquiere una dimensión casi haptica. Se ofrece como un bloque que fija la mirada y la aspira en ella.

Por el contrario también, el color puede actuar como la sangre de la pintura, lo que la irriga. En esa vertiente, en la cual el papel es la tierra de elección, el color se vuelve fluído como un curso de agua. La forma se diluye en el flujo. La pintura ahí se siente realizada en la transparencia, en la translucidez y en las superposiciones con colores que nunca se saturan y que encuentran su éxtasis en líneas de serpentinas arabescas. Estas líneas, lejos de ocultar el color, lo glorifican llevándolo a sus arcanos y haciéndonos descubrir las membranas secretas que lo hacen respirar. Y, hasta el blanco del papel es conducido por el ritmo y el laberinto del color.

En sus obras recientes la pintura es como un río que serpentea entre superficies angostas y otras totalmente cubiertas. Está como trenzada por los chorreados y las marcas que el pintor despliega, asociando maestría y descontrol. El color aquí se nutre del soporte, lo transforma aprovechando su porosidad relativa y sirviéndose de su capilaridad. Lo que le permite conjugar lo más denso y lo diáfano. El papel se transforma en el lecho de un río en el que el color es el corazón y la luz la respiración.

Martin Reyna posee y es dueño de una doble experiencia: aquella esencial, del poder telúrico del color del continente latino-americano. Hay que incluir ahí una percepción del espacio que excede sus límites, para llegar casi a lo que está fuera del campo visual, originada en el paisaje argentino y en la experiencia del color del arte europeo y francés. Esta bipolaridad se encuentra en el la luz de su pintura que va de lo más incandescente a lo más suave. Esta doble experiencia también se encuentra en el lugar que la geografia argentina tiene en su obra y en su vision del paisaje. Y también, en la vertiente latino-americana, en la experiencia de pintores como Pedro Figari, Armando Reveron, Alberto Greco o Rómulo Macció, en la de pintores americanos como Arshile Gorky, Brice Marden o Sam Francis, y en los pintores europeos de Monet a Bonnard o Gérard Gasiorowski, de Turner a Howard Hodgkin o Pier Kirkeby, Gérard Richter y Herbert Brandl. Es en Francia adonde descubre de visu a Zao-Wou-Ki. Todo eso nutre su imaginario pictórico y es la savia de una pintura que hoy alcanza su plena madurez y esta impulsada por una vitalidad impresionante.

El paisaje es una referencia esencial en la obra de Martín Reyna. Es el sustrato de una obra en la cual la paleta de tonos contrastados traduce lo que podríamos llamar un sentimiento del paisaje. Sentimiento del cual extrae una paleta y una búsqueda de intensidad. Y ese sentimiento, núcleo productor del cuadro, es impulsado y arrastrado por el arte que tiene Martín Reyna de abstraer lo pictórico del paisaje. Esto se encarna tanto en su gesto como en las marcas de la textura que él trabaja. Pero progresivamente lo que ha invadido su pintura es el campo del color y de las luces diurnas y nocturnas. El color pasó a dominar y a tomar posesión de la obra, a chorrear los repliegues de la materia, a irisar la pintura con los estallidos de su vestido y a enceguecer la mirada con su intensidad. Su pintura es el fruto de una sed insaciable de conjugar el azar y la necesidad, y tiene el genio de asociar el arte del método y lo aleatorio. Hay en ella algo del horizonte infinito del que Martín Reyna habla a veces.

Traducido del francés al español por Herminia Mérega

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